Mar.

El viento hacía ondear las banderas. La brisa marina acariciaba la piel morena y tersa y le susurraba palabras bonitas. La arena resbala entre sus dedos y le hacía sentir. Se giraba y veía su cara, su piel también morena y su rostro serio mirando el mar. Su sonrisa, esa que se esbozaba cada vez que se acordaban de donde estaban. Allí, juntos. Despertarse cada mañana y poder correr a decir un: buenos días cariño, hace un día precioso y lo vamos a pasar abrazados. Coger cada ola juntos, reír como niños en un mar de sentimientos, de esos que chocan, rompen, sienten, marean… cerrar los ojos y contemplar que hay un mundo más allá de ese horizonte. Ese tan recto, tan fino, tan perfecto. Sentarse sola a la orilla del mar y enredar con la arena, hacer castillos de arena, con su fosa, sus almenas y su bandera. Pero lo mejor es pisarlo. Destrozar ese castillo. ¿Para qué? Para empezar uno nuevo, para volver a crear. La espuma del mar, y en cada ola un beso. Y ahogadillas. Y reír de nuevo. Y cuidarse cada vez que pase algo. Tiernamente.

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