Mundos para crear historias 2

Para empezar mi vida nueva me decidí a reorganizar mi casa. Tiré papeles, trastos inservibles, y mi habitación quedó más limpia que una patena. En mi mesita de noche estaba mi lámpara con la bombilla de bajo consumo, mi despertador color rosa y la figurita de una bailarina de ballet. Mi mesa de trabajo seguía desordenada, pero ese desorden seguía un orden, valga la redundancia. Sin embargo, mi cama había quedado tapada con una colcha color café, que más que café parecía que llevaba años sin lavarla. Estaba rota en algunos sitios y desgastada en otros. Así que decidí comprar una colcha nueva por Internet, para mis días de frío sentada encima de la cama con mi mantita de pelo (artificial) blanco y para mis noches en las que no puedo más después de todo ese ajetreo de Madrid y sus alrededores. Sí, una colcha nueva estaría bien.

”Qué bonita eres y qué bonita me haces, Madrid” era el pequeño cuadro de colgaba de una de las paredes de mi habitación, comprado un día de paseo por el Rastro, harta de mis manoletinas azules. Pero esa es otra historia. Mi estantería (también blanca) estaba adornada con libros y libros de novela romántica, libros de arte y folios en blanco. En la segunda balda había acuarelas y lápices de colores, pinceles, tinta china y botes de temperas, todo ello colocado como si hubiera venido un maniático del orden a colocarlo, o mi madre. La caja de mis potingues, cremas y colonia estaba en el último estante, para que no ocupara mucho espacio. Agotada de ordenar todo y limpiarlo a fondo (no me gusta nada la suciedad) me senté a buscar en Internet una colcha para mi preciosa habitación ya colocada y renovada. Después de buscar mucho encontré la colcha que buscaba, de color blanco (empiezo a darme cuenta de mi obsesión por el blanco y la claridad, además de la sensación de limpieza) muy mullida, y compré unos cojines negros y otros estampados para que hicieran contraste. A los tres días de hacer el pedido, llamaron al timbre, y como pasa con estas cosas, que ocurren cuando menos te lo esperas y cuando peor te vienen, me pillaron duchándome. Bajé corriendo las escaleras con mi albornoz y la vergüenza de tener que abrir la puerta así. Al otro lado de mi puerta había un señor alto, con pelo cano y bigote, un poco delgado y que parecía simpático. Me traía mi colcha y mis cojines, y yo como una loca puede decirse que le arrebaté de las manos la caja y el bolígrafo para firmar el recibo. Nos quedamos un buen rato hablando y me di cuenta de que aquel hombre había vivido mucho, viajado mucho y amado mucho. Ya veis lo que puede dar de sí una conversación de veinte minutos. Su forma de expresarse hacía que trasmitiera esa sensación de que había visto mucho. Cuando se marchó, me dí cuenta de que me había quedado con el bolígrafo de dos tonos color marrón de aquel hombre, y pensé que aquel bolígrafo también había vivido mucho, y firmado mucho. Por eso lo escogí para escribir en mi cuaderno blanco.

bolígrafo

Bolígrafo de: http://hechoconlasmanosss.blogspot.com.es/

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Mundos para crear historias

Paseaba por las calles de Madrid con los aires de una artista reprimida y la inspiración pisándole los talones. Ella huía de los bares de siempre y buscaba las cafeterías más escondidas de la ciudad, escuchaba Björk en su reproductor mp3 de la manzanita. El Retiro se le hacía pequeño y soñaba con viajar a Praga. Volvía con mil dudas a casa mientras cogía el metro en la estación de Atocha sin pensar ni un instante que en ese momento el resto de su vida cambiaría. No sabía cómo iba a escribir su futuro solo con un cuaderno a medio acabar y un bolígrafo al que le quedaban tres palabras y media. ”Quizás debería cambiar de cuaderno, y de bolígrafo” -se decía. Amaba demasiado su bolígrafo y su cuaderno, pero era hora de guardar ese pasado y ese cuaderno de tapas verdes en el tercer cajón de la mesilla, al fondo, detrás de los calcetines y las braguitas. Era hora de estrenar los gorros de colores que jamás se había puesto pero que eran tan coquetos como ”poco glamurosos” según la revista que hay cada mañana en la sala de ‘esperar a que empiece otro día más y desear que termine’ donde se pasaba media hora cada día. Había dejado de ponerle pasión a las cosas y por suerte, un día reaccionó y se dio cuenta de que vivir así era la pérdida de tiempo más absoluta y desaprovechada.-Entonces me dispuse a ir a comprar un bolígrafo y un cuaderno nuevos, y fue lo más complicado que he hecho en mi vida, no porque me diera pena deshacerme de mi cuaderno verde a medio acabar (que también) si no porque había tantos cuadernos y tantas combinaciones, tantos colores y formas, tantas texturas que era imposible decidir cuál me vendría bien en la nueva etapa de mi vida. Vi multitud de bolígrafos, diferentes puntas y colores, tipos de tinta y algunos incluso se podían borrar (lo que está a bolígrafo nunca se borra, es una regla de la vida) y cosas así de extrañas pero a la vez sorprendentes. Tengo que reconocer que me enamoré de cada cuaderno, de cada color pastel que adornaban las portadas de esos ‘mundos para crear historias’ (eso son los cuadernos en blanco). Como no me decidía y la chica de la tienda me estaba metiendo prisa a causa de mi embobamiento en esas vitrinas de cristal que tenían el material como si de un museo se tratase. Así, compré un cuaderno blanco, de 21 cm x 13 cm, con las dos tapas en blanco y las páginas igual. ”Así podré escribir mi vida empezando por la tapadera”, pensé. Pagué los 12 euros que me costó el cuaderno (ya puede ser bueno e inspirarme) y corrí a coger el autobús que me llevaba a casa. Abrí la puerta y nerviosa me senté en mi mesa de trabajo, apoyé mi cuaderno nuevo en mi tablero enorme donde tengo mucho espacio y a la vez muchas cosas, y escribí en la tapa con la letra más bonita que pude: ” Mundo para crear mi historia”.

libreta